Mandela, profundamente humano

No existe una sola capital en toda África que no tenga una calle, un colegio, una estatua o un parque que lleve el nombre de Nelson Mandela. Ni una sola. Madiba (el nombre de su clan con el que también se le llamaba) y su lucha contra el apartheid han sido inspiración y aliento para millones de personas en todo el mundo, pero sobre todo para los africanos. Nadie duda de que estamos ante un ser humano increíble, irrepetible, universal y de contar y cantar sus alabanzas se encargan estos días prácticamente todos los medios de comunicación del mundo. Pero hay una cosa que tampoco podemos olvidar y es que Nelson Mandela es humano, profundamente humano. Como todos nosotros, tuvo miedo, robó y mintió y hasta en una ocasión creyó que el único camino posible de su lucha eran el terrorismo y la violencia. Hace veinte años, Madiba dijo “no quiero ser presentado de forma que se omitan los puntos negros de mi vida”. Puntos negros que le engrandecen aún más.

 

Nelson Mandela, de la etnia Xhosa, no se llamaba Nelson. En realidad, su nombre es Rolihlahla Dalibhunga Mandela y fue una misionera británica, su profesora, quien lo rebautizó como Nelson. Nacido el 18 de julio de 1918 en la aldea de Mvezo, gran parte de su infancia la pasó en Qunu. El propio Madiba recordaba siempre con especial nostalgia los años de su niñez, la seguridad y amor que le transmitieron sus cuatro “madres”, todas esposas de su padre, las colinas de roca por las que se deslizaba como si fueran un tobogán (que el periodista Xavier Aldekoa tuvo ocasión de visitar) o la tranquilidad del pastoreo de los animales de su familia. Sin embargo, la muerte de su padre, un noble local, cuando él tenía nueve años provocó un decisivo cambio en su vida. Desde entonces, el regente de los Tembu, el rey Jongintaba, se hizo cargo de su educación y el niño se trasladó a vivir al “palacio” de Mqhekezweni.

 

Allí todo cambió. Aunque lejos de la ostentación y el lujo de un palacio al estilo occidental, la residencia del regente tribal era, para el niño de nueve años que venía de las chozas y la vida pastoral de Qunu, el centro del mundo, el lugar por donde pasaban todas los asuntos importantes de su comunidad. Llegó con una camisa vieja, un pantalón recortado atado con una cuerda y un baúl y, desde el principio, se integró en la familia real, llena de nuevos primos y hermanos. Y Jogintaba se convirtió en su nueva figura paterna. De él aprendió el gusto por vestirse de manera elegante y su manera de tomar decisiones: el rey reunía a sus consejeros en círculo y sólo tomaba la palabra cuando ya ellos habían hablado, tratando de calmar los ánimos y alcanzar el consenso. Esto le impresionó y le marcó para siempre.

 

Sin embargo, a la edad de 23 años, Nelson Mandela, ya un joven estudiante de Derecho, “traicionó” a Jogintaba. Enterado de que su padrino le había arreglado un matrimonio tribal, decidió robarle varias vacas, venderlas y con ese dinero fugarse a Alexandra, uno de los suburbios de Johanesburgo. El enfado entre ambos, sin embargo, no duró mucho. A los pocos años ya se habían reconciliado. Pero la decisión de Mandela le llevó hasta la ciudad que se convertiría en su entrada directa en un nuevo mundo, el mundo del compromiso político y de la lucha contra la hegemonía blanca. Pronto ingresó en el Congreso Nacional Africano y se casó con su primera mujer, Evelyn Ntoko Mase, una enfermera de 22 años con la que tuvo cuatro hijos.

 

Empezaba la década de los cuarenta y se estaban sentando las bases del sistema de segregación racial o apartheid de los sudafricanos blancos contra el resto de pueblos y etnias, un sistema que oficializaba una política de discriminación que los negros de este país llevaban mucho tiempo sufriendo. Así que durante casi veinte años, el joven abogado desplegó una enorme actividad. Abrió un bufete en el que defendía a los negros de los abusos del sistema y dentro del Congreso Nacional Africano promovió la creación de la Liga de la Juventud, de la que pronto se convirtió en secretario general y desde la que lanzó su ideario, inspirado en la lucha de la minoría india y los mineros negros, de resistencia no violenta, desobediencia civil y huelgas generales. Por todo ello, sufrió persecución y cárcel.

 

Hasta que el 21 de marzo de 1960, la policía sudafricana abrió fuego contra una manifestación que protestaba contra el apartheid en Shaperville, una localidad situada en el Transvaal. Murieron 69 personas, muchas de ellas mujeres y niños, y unas 180 resultaron heridas. Todos eran negros. El impacto de la masacre fue enorme. En los días siguientes, el Gobierno racista sudafricano declaró el estado de emergencia y detuvo a unas 12.000 personas, entre ellas el propio Mandela, en una ola de represión que se extendió por todo el país y que incluyó la ilegalización del Congreso Nacional Africano. Un año y tres meses después, convencido de que la lucha armada era la única vía para enfrentarse a la violencia del apartheid, Madiba se pone al frente del movimiento Umkhoto we Sizwe (Lanza de la Nación), un grupo terrorista que lanza ataques contra la Policía e instalaciones del Gobierno.

 

Mandela fue, por tanto, un líder guerrillero. Y, como tal, recibió entrenamiento militar en Argelia, país que en aquellos primeros años de las independencias africanas acogía a todos los movimientos de liberación de los países aún por descolonizar. El grupo armado que lideraba protagonizó más de un centenar de atentados y ataques y hubo víctimas mortales. ¿Se refería a esto Madiba cuando hablaba de puntos negros? Es posible. Lo cierto es que años después decidió renunciar a la violencia. Y, una vez más, lo hizo convencido. Como recuerda con genialidad el periodista y escritor Richard Stengel, coautor junto al propio Mandela de El largo camino hacia la libertad, estamos ante una persona muy pragmática que no sólo se dio cuenta de que la lucha armada no era el camino, sino de que con ella nunca obtendría el respaldo de la comunidad internacional. Y rectificó, cambió de rumbo, se adaptó a las circunstancias.

 

Condenado a cadena perpetua por terrorismo, sabotaje y conspiración para derrocar al Gobierno mediante revolución e invasión de fuerzas extranjeras, Madiba entró en la prisión de máxima seguridad de Robben Island cuando ya estaba casado con su segunda mujer, Winnie Mandela. Y sufrió lo indecible, como lo hubiera hecho cualquier ser humano, no solo por la falta de libertad y el maltrato, sino por la brutal separación de su familia y seres queridos. Sólo se le permitía ver a su mujer una vez cada seis meses y todas sus comunicaciones por carta con ella eran convenientemente filtradas y estaban expuestas a la censura. Se vio obligado a hacer trabajos forzados, se puso enfermo, tuvo miedo a no volver a salir de allí nunca más. Y ese miedo le hizo más fuerte de lo que nunca pudo imaginar.

 

Lo ha contado él mismo en su autobiografía y en las entrevistas que concedió después, ya como presidente de Sudáfrica o en los últimos años de su vida. Sus carceleros quisieron doblegar su espíritu, pero fue justo al contrario. Su actitud, su fuerza interior, le salvaron. Pasó de ser detestado a ser admirado por quienes le mantenían encerrado. Desposeído de todo, le quedaba la dignidad y esa nunca la perdió. Se rebeló, incluso en Robben Island, y se convirtió en el líder de los presos que le acompañaron hasta allí. Y, con el tiempo, en el interlocutor necesario con un Gobierno sudafricano asediado por la comunidad internacional y convencido ya de que había que poner fin al apartheid. Fue en la cárcel donde Mandela se convirtió en un símbolo.

 

La última etapa de su vida es la más conocida. La salida de la cárcel, la negociación, las elecciones, su llegada a la Presidencia de Sudáfrica, el Premio Nobel de la Paz, su papel como líder africano y mundial, sus mediaciones en conflictos internacionales… Superada su relación con la controvertida Winnie Mandela y casado en terceras nupcias con Graça Machel, llegó también el día en que Madiba, un hombre ya anciano, quiso descansar. De esto hace casi una década. “No me llamen, ya les llamo yo”, aseguró públicamente, “quiero jubilarme de la jubilación”.

 

De él se ha dicho mucho, y mucho más oirán estos días, pero de todas las descripciones que he leído sobre él una de las que más me ha impresionado la firma el Dalai Lama: “A menudo me encuentro con gente extraordinaria y especial, líderes espirituales, realeza, premios Nobel, presidentes, iconos mundiales. Casi siempre la reputación que les precede es algo exagerada, creando una atmósfera de grandeza a su alrededor. Cada vez que me encuentro con ellos, descubro que las personas no son tan grandes como su reputación. Preparando mi encuentro con Nelson Mandela, descubrí que su reputación era, de hecho, la más grande del mundo. No hay nadie más grande que él vivo en el Planeta en este momento. Y solo en su caso encontré que la persona era mayor que la reputación”. Así es Mandela. Profundamente humano. Cuando quiera que llegue el momento, descanse en paz. 

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